Una eternidad, sentimiento del teatro en nuestra ciudad

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Ya vamos teniendo una ligera idea de lo que dura una eternidad.  Este 2020 ya dura una eternidad.
Una eternidad de distancia, sin alas, sin amigos que llevarse a la boca.
Una eternidad oscura como boca de lobo, densa como el alquitrán.
Una eternidad sin aplauso en la penumbra, con aplauso a media tarde (qué vueltas que da la vida).
Una eternidad de vacío y soledad, sin manos estrechando manos y sin mochila sobre la espalda porque el camino se ha quebrado.
La eternidad de una aventura sin necesidad de vivirse, sin ganas de contarse, sin risas que compartir.
Una eternidad al borde del precipicio, siempre con la duda del mañana, siempre con la decepción y el desconsuelo, echando de menos la libertad (la que peleábamos toda la vida), con los pies colgando.
Una eternidad de pérdidas queridas, para siempre, hasta siempre, sin nadie, cruelmente, con mucho dolor, punzada en el pecho e hinchazón en los ojos…

Vale, podríamos decir cosas como “pero no perdemos la esperanza”, “juntos saldremos de ésta”, “seremos mejores personas”, “no nos dejaremos vencer”, etc.

Vale, que sí, que claro que sí, guapi.

Todo eso ya lo pusimos sobre la mesa y sigue estando ahí, vigente, como luz al final del camino y promesa del agua fresca para el caminante. Porque el ser humano necesita marcarse esas metas de esperanza para no hundirse en la niebla de la incertidumbre y la falta de aliciente. Al final tendré mi zanahoria.

Que vale.
Que sí.
Pero yo ahora estoy haciendo una especie de “balance” de lo que hemos pasado (remotamente, claro).  Aquello de “el año que viene haremos…” bla, bla, bla… y “el año que viene será la hostia…” y más bla, bla, bla…, vale, dadlo por incluido en el lote de “tareas pendientes y buenos propósitos porque la vida es bella y esto no se puede acabar así”.  Nos pondremos a ello en cuanto nos dejen, of course.
Hablo de balance o de recapitulación o de memoria o de resumen…

Y no me salen las cuentas. De verdad.  Quiero decir que no me sale a cuenta haber pasado lo que ha pasado.  A nadie, ya lo sé, pero este escrito es mío y pongo lo que me duele a mí, a mi grupo. Que cada uno escriba el suyo.

Y ahora, dejando de lado cuestiones personales (que cada uno tenemos nuestras historias particulares y nuestras prioridades), y centrándonos en el aspecto teatral, visto además desde la perspectiva de grupo aficionado (bueno… incluso desde la perspectiva del profesional, qué carajo) esto ha sido UNA MIERDA como un piano (y perdón por el piano). Eso ha sido este año.
Buenas voluntades… las que quieras, pero, a grosso modo, no hemos podido hacer NADA.

Y menos mal que somos obedientes y precavidos y todo eso y no nos saltamos las consignas que unas y otras autoridades han ido repartiendo como el que echa pienso a las gallinas.

Total, que ni hemos podido ensayar ni hemos podido preparar nuevo espectáculo que ofrecerles a ustedes, nuestro público.

Ni hemos podido compartir buenos ratos de lecturas en una sala alrededor de una estufa…
ni hemos derrochado risas preparando una escena determinada…ni hemos podido notar el calor humano de nuestro compañero/a en un abrazo sobre las tablas…
ni el temblor de una mano que se aprieta mientras se espera a entrar tras el telón…
ni nos hemos besado celebrando algún cumpleaños al acabar un ensayo…
ni hemos podido dar un abrazo y transmitir calor a alguien que atraviesa un mal momento…
ni nos hemos quedado embelesados viendo qué bien que lo hace aquel jodido o qué gracia tiene aquella puñetera…
ni hemos jugado a vestirnos de otra gente, en otro sitio, con otra vida diferente a la nuestra…
ni la hemos cagado atascándonos en una palabra o en una frase que jamás imaginábamos que fuéramos a decir…
Ni siquiera nos hemos enfadado ni una sola vez en todo el puto año porque a veces un ensayo se atraviesa, o falta alguien, o la memorización ha brillado por su ausencia, o porque hemos tenido un mal día y no estábamos para hostias…

Y, ni mucho menos, hemos sentido el vacío de mariposas dentro del estómago del día del estreno, ese retortijón que no te deja comer y que tras el estreno se convierte en explosión de felicidad, en subidón de adrenalina, en vértigo y adicción (quiero más, quiero más)…
Nada de eso hemos podido hacer, ni ver, ni sentir en el 2020.  Hemos sido ferozmente privados de miles de cosas.

Habíamos estrenado a final de 2019 y justo estábamos buscando proyecto cuando se nos vino encima (a todos) el virus.  Cogió el año por las patitas, se lo metió en la boca y se lo zampó.
Cada uno a su casa y así, prácticamente hasta hoy.

Así que, vale, buenos propósitos para el 2021, los que quieras y en el color que quieras. Ahí estaremos, en cuanto se pueda, en cuanto nos dejen, retomando el teatro, que es retomar la vida, y estaremos dispuestos a olvidar y a hacer pasar un buen rato a todo el mundo (a nosotros y a nuestro público), vale.
Pero a día de hoy, con el corazón en la mano: hemos perdido un año.
Y ni siquiera de la manera más tonta; ha sido de la manera más cruel.

En fin, teatreros y no tan teatreros, añorando la normalidad de-toda-la-vida, recibid un saludo y un abrazo (virtual, con poco contacto físico) de esta que lo es, su Companyia 4 Gags.

Joaquin Ramos, presidente de 4 Gags

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